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La Web de la Biblia Católica


Prólogo del Papa a la Biblia Católica Y-Biblia

Mis queridos jóvenes amigos:

Si vieran mi Biblia, podría ser que no les impresionara especialmente: «¿Qué? ¿Esta es la Biblia del Papa? ¿Un libro tan viejo, tan gastado?». Podrían regalarme una nueva, una de 1000 dólares, pero no la querría. Amo mi vieja Biblia, que me ha acompañado la mitad de mi vida. Ella vio mi júbilo y se humedeció con mis lágrimas. Es mi tesoro más preciado. Vivo a partir de ella y no la entregaría por nada del mundo.

Esta Biblia para jóvenes que tienen en sus manos me agrada mucho. Es tan colorida, tiene testimonios tan ricos -de santos, de jóvenes- que invita a comenzar a leerla desde el principio y solo dejarla al terminar la última página. ¿Y después…? Después la esconden, desaparece en la estantería, detrás de la tercera hilera, y se llena de polvo. Y un día, sus hijos la malvenden en el mercado de libros viejos. ¡No! ¡Eso no debe pasar!

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Quiero decirles algo: hoy día hay más cristianos perseguidos que en los primeros tiempos de la Iglesia. ¿Y por qué se los persigue? Se los persigue porque llevan una cruz y dan testimonio de Jesús. Se los condena porque poseen una Biblia. De modo que la Biblia es un libro altamente peligroso. Tan peligroso que, en algunos países, es como si uno guardara granadas de mano en el armario. Un no cristiano, Mahatma Gandhi, dijo una vez: «Ustedes, los cristianos, custodian un documento con suficiente dinamita como para hacer volar en pedazos la civilización entera, como para revolucionar el mundo y traer la paz a este planeta desgarrado por la guerra. Pero lo tratan como si no fuese nada más que una obra literaria».

¿Qué tienen en sus manos, entonces? ¿Una obra literaria? ¿Un par de bonitas historias antiguas? Entonces, a los muchos cristianos que se dejaron encerrar y torturar por la Biblia habría que decirles: ¡Qué tontos han sido ustedes, si no es más que una obra literaria! No: por la Palabra de Dios ha llegado la luz al mundo. Y nunca más se apagará. En Evangelii gaudium (175) dije: «Nosotros no buscamos a tientas ni necesitamos esperar que Dios nos dirija la palabra, porque realmente “Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha mostrado”. Acojamos el sublime tesoro de la Palabra revelada».

De modo que ustedes tienen en sus manos algo divino: ¡un libro como fuego! ¡Un libro por el que habla Dios! Recuerden, entonces: la Biblia no está para colocarla en un estante, sino para tenerla a mano, para leerla a menudo, cada día, ya sea solos o en común. Ustedes hacen deporte en común o van de compras en común. ¿Por qué no leen la Biblia en común, de a dos, de a tres, de a cuatro? Al aire libre en medio de la naturaleza, en el bosque, en la playa, a la noche a la luz de un par de velas… ¡Tendrán una experiencia formidable! ¿O acaso tienen miedo de hacer el ridículo ante los demás con una propuesta semejante?

¡Lean con atención! No se queden en la superficie, como con una historieta. ¡La Palabra de Dios no debe leerse nunca simplemente por encima! Pregúntense: «¿Qué le dice esto a mi corazón? ¿Me habla Dios a través de estas palabras? ¿Me toca en mis anhelos más profundos? ¿Qué tengo que hacer?». Solo así puede desplegar su fuerza la Palabra de Dios. Solo así puede transformarse nuestra vida, hacerse grande y hermosa.

Les quiero contar cómo leo yo mi vieja Biblia. A menudo la tomo en las manos, leo un poquito y después la pongo a un lado y me dejo contemplar por el Señor. No soy yo el que contempla al Señor, sino que Él me contempla a mí. Él está allí, en efecto. Me dejo mirar por Él, y siento -esto no es sentimentalismo-, siento en lo más profundo las cosas que el Señor me dice. A veces no habla. Entonces no siento nada, solo vacío, vacío, vacío… Pero permanezco allí con paciencia, y espero. Leo y hago oración. Lo hago sentado, porque me duele estar de rodillas. A veces hasta me quedo dormido en la oración. Pero eso no importa. Soy como un hijo junto a su padre, y eso es importante.

¿Quieren darme una alegría? ¡Lean la Biblia!

Papa Francisco